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De metros a infraestructura estratégica: cómo evoluciona el modelo flex

Por qué en 2026 la ventaja competitiva no está en tener metros flexibles, sino en gestionarlos como infraestructura estratégica.

Durante mucho tiempo, la oficina fue una decisión relativamente simple. Se definía una superficie, se firmaba un contrato y ese espacio acompañaba a la empresa durante años. La infraestructura se asumía como estable, casi inamovible.

Si el negocio cambiaba, el espacio se adaptaba más tarde muchas veces con complicaciones.

Esa lógica empezó a tensionarse cuando el ritmo empresarial dejó de ser lineal. Equipos que crecen y se reducen con mayor frecuencia, operaciones distribuidas y proyectos que demandan escalabilidad inmediata. En ese escenario, una estructura rígida deja de ser soporte y comienza a convertirse en límite.

El cambio no fue ideológico. Fue práctico.

Cuando el trabajo dejó de ser exclusivamente presencial, el espacio dejó de ser exclusivamente físico. Y cuando la organización empezó a moverse con mayor velocidad, la infraestructura tuvo que acompañar ese movimiento.

Ahí comienza la transición más profunda: la oficina deja de entenderse como metros contratados y empieza a leerse como sistema.

Este modelo no se sostiene únicamente con contratos flexibles. Requiere operadores capaces de integrar infraestructura física, operación diaria y tecnología bajo una misma lógica de gestión.

De la propiedad al acceso

Este cambio no ocurre solo en el real estate corporativo. Forma parte de una lógica más amplia: las empresas operan cada vez más bajo modelos de acceso, integrando infraestructura y servicios según necesidad.

El espacio de trabajo empieza a gestionarse con esa misma lógica. Ya no se define únicamente por la superficie contratada, sino por la capacidad de activarlo, ajustarlo y operarlo según el ritmo del negocio.

De serviced office a Space as a Service

Desde 2018 distintos analistas comenzaron a hablar de Office as a Service. No se trataba simplemente de ofrecer contratos más cortos o espacios amoblados. El cambio era más profundo: implicaba revisar el rol mismo del espacio dentro de la organización.

Durante años, el serviced office funcionó como una solución práctica. Permitía instalarse rápido, reducir inversión inicial y evitar compromisos largos. Era eficiente, pero seguía operando bajo una lógica tradicional: alquilar metros, aunque con mayor comodidad.

El flex office amplió esa propuesta. Introdujo mayor elasticidad, posibilidad de escalar equipos, redistribuir posiciones y ajustar superficie según necesidad. Esto permitió absorber proyectos temporales, integrar equipos distribuidos y evitar infraestructura ociosa durante ciclos de baja actividad. La flexibilidad dejó de ser solo contractual y comenzó a volverse operativa.

Sin embargo, hoy el espacio impacta en tres variables críticas: costo operativo, experiencia del talento y velocidad de ejecución.

En ese momento, el valor ya no reside únicamente en la superficie disponible, sino en el conjunto de capacidades que la acompañan:

  • infraestructura lista para usar

  • flexibilidad contractual real

  • servicios operativos incluidos

  • tecnología para medir y gestionar ocupación

  • capacidad de adaptación ante cambios organizacionales

En el modelo tradicional, el espacio era un activo al que se le sumaban servicios.
En el modelo Space as a Service, el espacio es parte de una solución más amplia que combina infraestructura, gestión y experiencia bajo una misma lógica.

No todos los modelos flex operan bajo esta lógica. Gestionar el espacio como sistema implica integrar infraestructura física, operación diaria y tecnología en una red coordinada, con capacidad de medir uso, ajustar capacidad y sostener flexibilidad real a escala. La diferencia no está en ofrecer metros amoblados, sino en administrar infraestructura como una plataforma operativa continua.

Esto modifica la conversación interna dentro de las empresas. La decisión ya no es solo inmobiliaria; se cruza con finanzas, talento y estrategia. Porque cuando el espacio se integra como servicio, deja de ser una estructura estática y pasa a convertirse en una herramienta que acompaña la evolución del negocio.

El Space as a Service fortalece esa transición: en la práctica, esto permite ajustar equipos, redistribuir posiciones y escalar operación sin reconfigurar contratos ni infraestructura cada vez. El modelo unifica tres capas, permitiendo medir ocupación real, ajustar capacidad y eliminar fricción administrativa.

El espacio como sistema

Cuando hablamos de sistema, no hablamos solo de un lugar físico. Hablamos de una infraestructura que conecta personas, tecnología y servicios para que la operación funcione sin fricción.

El sistema no reemplaza al espacio físico; lo profesionaliza. La infraestructura sigue siendo central, pero su valor se multiplica cuando está integrada a procesos operativos, tecnología de gestión y una red coordinada.

En ese marco, el espacio deja de ser únicamente una ubicación y pasa a cumplir un rol operativo dentro de la organización:

Operación integrada: la infraestructura, los servicios y el soporte técnico funcionan como una capa continua que permite a los equipos trabajar sin gestionar el día a día del espacio.

Flexibilidad real: la capacidad de ajustar posiciones, superficies y configuraciones acompaña las variaciones del negocio sin necesidad de reestructurar contratos ni procesos.

Uso bajo demanda: el foco pasa a estar en utilizar lo necesario en cada momento, evitando subutilización y alineando el espacio con la dinámica real del trabajo.

En este contexto, la oficina deja de ser un gasto difícil de modificar y pasa a ser una variable operativa que puede ajustarse según uso, equipos y necesidades concretas.

La segunda etapa del trabajo híbrido

Entre 2020 y 2023 la conversación fue cultural: remoto, presencial o híbrido.

En 2024 y 2025 empezó a volverse operativa. Las organizaciones dejaron de discutir el modelo y comenzaron a gestionar su impacto real en costos, uso del espacio y experiencia de los equipos.

Las preguntas cambiaron:

¿Cuánto espacio usamos realmente?
¿Cuánto nos cuesta la subutilización?
¿Dónde necesitamos presencia estable y dónde capacidad variable?
¿Cómo impacta el espacio en la experiencia del equipo y en la productividad?

Este cambio marca la madurez del modelo flexible. Ya no se adopta por urgencia ni por tendencia, sino como parte de decisiones operativas y estratégicas del negocio.

Eficiencia y sostenibilidad

La evolución hacia modelos más flexibles también tiene implicancias ambientales.

Optimizar la infraestructura, evitar metros ociosos y ajustar capacidad puede reducir consumo energético estructural.

En paralelo, análisis energéticos globales (Enerdata, 2024) señalan que la eficiencia sistémica (en transporte, procesos e infraestructura) es clave para disminuir dependencias innecesarias.

El espacio flexible se inserta en esa lógica: menos rigidez, mejor uso de recursos.

De tendencia a estándar

En 2018 el flex office era innovación.
En 2020 fue respuesta inmediata.
En 2026 es parte estructural del mercado corporativo

En esta etapa, la ventaja competitiva ya no está en declarar flexibilidad, sino en tener la capacidad real para sostener flexibilidad a escala, respaldada por procesos, datos y operación integrada.

Las grandes consultoras inmobiliarias coinciden en que las oficinas flexibles y equipadas han dejado de ser un segmento menor. Hoy forman parte estable de la estrategia inmobiliaria de muchas organizaciones.

Redefinir el valor del espacio

Tradicionalmente, el valor de una oficina se medía por ubicación y tamaño.

Hoy se mide por:

  • Adaptabilidad

  • Capacidad de escalar

  • Integración tecnológica

  • Eficiencia de uso

  • Experiencia del equipo

El espacio deja de evaluarse solo por ubicación o tamaño y pasa a medirse por su capacidad de adaptación y eficiencia operativa. Pasa a ser habilitador de la empresa.

Una transformación estructural

El espacio de trabajo no desaparece. Pero cambia de rol.

Deja de pensarse como una superficie definida una vez y sostenida por inercia. Empieza a gestionarse como parte de la operación, con capacidad de ajustarse al ritmo real de las organizaciones.

A medida que las empresas operan con mayor velocidad y complejidad, la infraestructura deja de ser solo soporte y pasa a formar parte de decisiones de expansión, costos y gestión de equipos.

En ese contexto, la ventaja ya no está solo en tener metros disponibles, sino en cómo se gestionan: con qué flexibilidad, con qué nivel de servicio y con qué capacidad de acompañar la evolución del negocio.

Gestionar el espacio como infraestructura estratégica no es una declaración conceptual; es una capacidad operativa que redefine el rol de la oficina dentro de la empresa.

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